Hoy he pintado una base amarilla, rebajada con blanco,
y con la espátula la he matizado de ocre y vermellón
dejando deliveradamente al descubierto el rastro de los trazos.
La memoria del movimiento...
Se está secando y, como de costumbre, todavía no sé qué vendrá luego.
Aqui es donde suelo preguntarme si debería tener un plan,
una idea preconcebida del resultado. Tiendo a pensar que no.
Como suele decirse, hay que "dejar que fluya".
Pero tampoco estaría mal de vez en cuando prevenir, anticipar, prever.
No dejarlo todo al azar de ese momento de lucidez,
que no deja de ser una suerte de procrastinación
o de esperanza ciega en que las cosas, de algún modo,
acaban llegando por sí solas a buen puerto. Por eso de la inercia positiva.
Me doy cuenta de que inconscientemente he dicho "esperanza".
Y también de que realmente no estoy hablando de pintura
sino de eso que llaman "destino".
De la forma en que, crea más o menos en él,
me lo voy labrando con preocupante estilo libre.
Hace ya un año y tres días que soy algo que flota a la deriva
siguiendo las directrices de una brújula imantada.
Formando parte de esa generación perdida de hombres-niño
que se criaron con la idea de que la vida era un lienzo en blanco.
Y 31 años después caigo en la cuenta de que ni lo es ni nunca lo fue.
Las personas, por lo general, caminamos hacia una meta
que o bien no alcanzamos o rozamos para luego conformarnos
con las sobras y cadáveres que dejamos por el camino.
Y cuando todo parece ir bien, llega ese sudor frío en la espalda,
esa certeza de que en cualquier momento el aire cambiará de rumbo
para echar abajo nuestra frágil casita de palillos.
Hoy, según los cánones de la normalidad, debería encontrarme bien.
Pero no lo hago, no por completo. No todavía.
Porque me dice el hipotálamo que mañana se acabará todo.
Ciertas cosas nunca cambian...
y con la espátula la he matizado de ocre y vermellón
dejando deliveradamente al descubierto el rastro de los trazos.
La memoria del movimiento...
Se está secando y, como de costumbre, todavía no sé qué vendrá luego.
Aqui es donde suelo preguntarme si debería tener un plan,
una idea preconcebida del resultado. Tiendo a pensar que no.
Como suele decirse, hay que "dejar que fluya".
Pero tampoco estaría mal de vez en cuando prevenir, anticipar, prever.
No dejarlo todo al azar de ese momento de lucidez,
que no deja de ser una suerte de procrastinación
o de esperanza ciega en que las cosas, de algún modo,
acaban llegando por sí solas a buen puerto. Por eso de la inercia positiva.
Me doy cuenta de que inconscientemente he dicho "esperanza".
Y también de que realmente no estoy hablando de pintura
sino de eso que llaman "destino".
De la forma en que, crea más o menos en él,
me lo voy labrando con preocupante estilo libre.
Hace ya un año y tres días que soy algo que flota a la deriva
siguiendo las directrices de una brújula imantada.
Formando parte de esa generación perdida de hombres-niño
que se criaron con la idea de que la vida era un lienzo en blanco.
Y 31 años después caigo en la cuenta de que ni lo es ni nunca lo fue.
Las personas, por lo general, caminamos hacia una meta
que o bien no alcanzamos o rozamos para luego conformarnos
con las sobras y cadáveres que dejamos por el camino.
Y cuando todo parece ir bien, llega ese sudor frío en la espalda,
esa certeza de que en cualquier momento el aire cambiará de rumbo
para echar abajo nuestra frágil casita de palillos.
Hoy, según los cánones de la normalidad, debería encontrarme bien.
Pero no lo hago, no por completo. No todavía.
Porque me dice el hipotálamo que mañana se acabará todo.
Ciertas cosas nunca cambian...



3 turbulencias:
Caballero...
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